Pelusa en el ombligo

Desde muy pequeños quisimos ser publicistas, a la postre, publicitarios. O mejor dicho: quisimos hacer cosas diferentes y nos dimos cuenta de que la publicidad era el medio para ello.
 
Nos formaron a través modelos y teorías. Potenciaron el uso de la creatividad y sacaron nuestro yo más estratega a través de medios, soportes, el ROI, las tendencias, las experiencias o el contenido de marca. Nos prepararon a cuchillo para entrar en la jungla publicitaria.
 
Y cuando llegamos, allí no había nadie. No cabía ni un alfiler, pero estaba vacío.

Nos miramos perplejos. ¿Dónde estábamos? Nos vendieron un ecosistema salvaje al que sobrevivir, pero la árida realidad era otra. De repente, el eco nos devolvió un -Demasiado atrevido para el cliente, ente, ente, ente...-. Y entonces lo tuvimos claro. Cuando el marfil más reluciente lleva podrido muchos años, sabes que estás en un cementerio de elefantes... publicitarios.


En un páramo que hacía las veces de sala de espera, estábamos rodeados de manadas que barritaban sin cesar antes de entrar a la exótica morgue. Incapaces de hacer nada ante tal trajín, sólo entendíamos palabras sueltas que lograban sobresalir en el descomunal encuentro.
 
-¿Lo has oído? Han gritado "¡Pinterest!", "¡dinamizar!", "¡todo vale!", "¡crear necesidades al cliente!", "¡códigos QR!".
 
-Sí, es aquel de allí. Debe ser el macho dominante. El que acaba de decir "Síguenos en Facebook" y se ha quedado solo.
 
-El mismo. Se ha acercado a todas las razas de elefantes con el mismo discurso. Lleva haciéndolo desde que llegamos...
 
-Repetir una fórmula que funciona una y otra vez. Eso sí es tener buena memoria.

La sala se vaciaba mientras los paquidermos salían hacia el cementerio. Nos miramos. ¿Qué podríamos hacer ahora con esa nariz tan larga y extraña? Éramos como ellos, estaba claro, pero echar a andar en dirección contraria quizás fuera suficiente.
 
O al menos un primer paso para no convertirnos en El Hombre Elefante, paradójico engendro que ya no destaca entre tanta deformidad publicitaria.

Nos quedó claro entonces que de barro o pelusa llenaremos nuestros ombligos una y mil veces, pero seguro que no traficaremos con nuestro propio marfil.

Autor:
Pablo J Vizcaíno y Ramiro Seva
::Fecha de publicación:
07/05/2012