¡Eureka! Digo.. ¡Chindogu!

Según Wikipedia (en este caso, una fuente totalmente válida dado el sinsentido del concepto), un Chindogu es un invento que, aunque aparentemente es la solución ideal a un problema particular, en la práctica resulta ser todo lo contrario, ya sea por su falta de funcionalidad o porque sus supuestas ventajas no compensan el ridículo ocasionado con su uso.

Pero la cosa es aun más compleja. Un Chindogu tiene que cumplir una serie de normas estrictas para considerarse como tal: No puede usarse realmente, debe existir al menos un prototipo, tener un espíritu anárquico, ser una herramienta para el día a día, no estar en venta, no haberse creado sólo por cachondeo, no ser un producto publicitario, no ser algo tabú, no poder patentarse y no fomentar prejuicios.

Si no fuera por estas reglas tan estrictas, podríamos afirmar sin lugar a dudas que algunos productos de los que podemos encontrar en bazares asiáticos o en la teletienda son chindogus. Sin ir más lejos, en la época dorada de Telecinco (para quien dude a qué segmento temporal nos estamos refiriendo: el de las Mamachicho y Emilio Aragón desdoblado en decenas de iteraciones del “VIP Noche”) se llegaron a ver anuncios de un “gadget” llamado “El Trono”: una especie de taca-taca gigantesco que uno instalaba en torno a su taza del wáter, y que permitía al feliz usuario optimizar su fuerza intestinal aferrándose a una agarraderas laterales forradas de goma.

Pero no, ni siquiera este objeto, de singular belleza conceptual y estética, podría ser considerado un Chindogu (bueno, quizá a día de hoy sí: no nos consta que se venda en ningún lugar). Tampoco la archiconocida batamanta, famosa no por su falta de utilidad, sino por un vídeo viral en internet. Hablamos de inventos que se acercan más a la escopeta maquilladora de Homer. El carrusel es casi infinito. Destacamos, entre muchas otras ideas delirantes, los moldes para hacer formas con caca. Un tanto escatológico, cierto, pero simple y ameno. Todos lo hacemos, hasta la princesa Letizia. ¿Por qué no íbamos a divertirnos en nuestro momento más íntimo? Aquellos de nosotros que aun no hemos superado la fase anal (como Carmen Machi) agradecemos enormemente que alguien, admirable y valiente, haya ideado tal ingenio después de preguntarse algo que todos deberíamos preguntarnos más a diario: ¿Por qué no?

Otras propuestas que, de puro estúpido, rozan la genialidad incluyen patucos atrapapolvo para gatos, zapatillas con suelas de velcro, lupas enciende-cigarrillos, impresoras para tostadas o pantuflas con calefacción central mediante USB. Muchos de ellos reúnen los méritos suficientes para ser expuestos en el Nonseum, un museo ubicado en la pequeña localidad de Herrnbaurmgarten, en Austria, donde se exhiben los inventos y objetos más inútiles sobre la faz de la Tierra.

Cabe hacerse la siguiente reflexión: ¿Es posible que, en un mundo dominado por los objetos “hiper-útiles” (tablets que hacen las veces de GPS, libro, cadena de música y cuaderno de dibujo, coches capaces de evitar colisiones sin la intervención del conductor, etc.) los seres humanos estemos comenzando a desarrollar una irreversible fascinación hacia lo inútil? En la imprescindible distopía “Idiocracy” (Mike Judge, 2006), una humanidad con un cociente intelectual bajo mínimos decidía que regar sus huertas con bebidas energéticas era una buenísima idea. Y, pensándolo bien, quizá nuestra realidad no esté tan lejos de protagonizar una aterradora sincronía con aquella ficción. Daos un paseo por la TDT: está llena de Chindogus vivientes.

Autor:
Nacho Macho (@xamfargo) y Víctor Izquierdo (@victorizquierdo)
::Fecha de publicación:
07/11/2012